El Especialista

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Yo amo Calama.

Pueden decir lo que quieran; que es una ciudad fea, chica, seca, llena de polvo, perros y putas, pero para mí, Calama es un lugar mágico en medio de la nada, donde pueden pasar las cosas más inesperadas.

Corría el 2004 y luego de mi voluntario éxodo desde la ciudad jardín, aquel lugar de la segunda región, fue la primera estación de mi incipiente periplo nortino. Pronto supe que aquella tierra de sol y cobre como se hace llamar, era cosa brava, pues a las conocidas características climáticas (intenso calor durante el día y helados vientos en la noche), se sumaba lo que rápidamente bauticé como el “beso calameño”, que no es otra cosa que las llagas con sangre que a uno le salen en los labios durante los primeros días de estancia en la localidad, las cuales son producidas por la intensa sequedad del aire, propia de los 2400 metros de altura a la que se encuentra la ciudad.

Después de trabajar como jornal en una empresa contratista para codelco, estuve un par de meses buscando un nuevo empleo. Fueron largas caminatas repartiendo “curriculum”, a lo largo del largo y seco barrio industrial que queda camino al pueblo de Chiu Chiu. Estas peregrinaciones diarias, fueron insertándome poco a poco en el rubro industrial de la zona, donde obviamente la actividad minera era la niña bonita de empleabilidad.

En estas jornadas de búsqueda de pega “a pata” en pleno desierto de Atacama, conocí gente de todo tipo y de todas partes de Chile. Por aquellos años había un “boom” de trabajo, debido en gran parte a que toda la gente que antiguamente vivía en Chuquicamata debía mudarse a Calama, pues el avance de la extracción de cobre arrasaría con todo, incluso con el antiguo campamento minero. Por este motivo se construyeron casas para cerca de 10 mil personas, tarea que necesitaba de una gran cantidad de mano de obra, y si era sureña y barata, mejor.

En una de las tantas “conversas” que entablé con la gente que encontraba en el camino, uno de estos tipos, “el choche” que era de Angol, me dio el dato de una posibilidad laboral totalmente ajena al rubro minero (lo cual me llamó poderosamente la atención). La oportunidad estaba en un pub del centro de la ciudad, en el cual estaban necesitando gente. Como yo no había tenido éxito por esos días en la búsqueda de empleo, me fui directo al local para probar suerte.

El lugar se llamaba “La Fogata”, y efectivamente estuvieron buscando gente, pero lamentablemente había llegado tarde y ya estaban completos los cupos disponibles. Como no tenía que más hacer ahí, luego de hablar con el encargado y cuando enfilaba hacia la salida del local, un tipo me llamó (era el dueño del local) y preguntó si quería trabajar de copero.

-Cuánto pagan-  pregunté.

4 lucas la noche y el fin de semana 5, sé que es poca plata –me dijo-, pero tampoco vai a hacer operaciones al cerebro, vai a lavar vasos. Como no tenía ni un peso en el bolsillo a esa altura del mes, acepté y desde ese momento me convertí en el flamante lava copas del mejor local de Calama.

Luego de dos meses y con la ayuda de los garzones del local que me enseñaron a hacer tragos, ya era el barman oficial del “Fogata”. A mi haber, tenía una carta de 45 preparaciones, las cuales manejaba de memoria y a la perfección, con el plus de no necesitar medidas para calcular la cantidad de ingredientes a utilizar en los brebajes. Este meteórico ascenso en el rubro de los copetes, llamó tanto la atención del dueño, que no se le ocurrió mejor idea que llamar a un amigo que trabajaba en un local de televisión local, para que fuera a registrar mis destrezas tras la barra y de paso hacer publicidad al local.

El canal de televisión en cuestión, era una señal local de VTR, que tenía un programa llamado “Los Especialistas”, el cual era un programa clase B, donde entrevistaban a tipos que realizaran oficios comunes y corrientes. Como el sol siempre brilla en la TV, estos registros audiovisuales dejaban la sensación de que, efectivamente cada uno de nosotros podía tener sus 15 minutos de fama, como lo hubiera pronosticado el finado Andy Warhol.

Luego de las negociaciones de rigor, las cuales incluían un aumento de 1 luca a mi remuneración diaria, el día de la entrevista llegó.

Al local un camarógrafo con equipos y luces, una maquilladora y una presentadora muy famosa en la ciudad. La entrevista se realizó un par de horas antes de la apertura del lugar, por lo cual sólo estaba el dueño, los garzones y garzonas, el cocinero y cajera, como los únicos espectadores de tan extraño acontecimiento.

Estaba nervioso, pues no todos los días uno tenía la posibilidad de comenzar una carrera como estrella de televisión. Preparé todo: coctelera, licores, limones de pica, frutas, accesorios y por su puesto la mejor pinta que hubiera podido tener para mis entonces 27 años.

La entrevista fluyó bien; hubo humor, anécdotas, aclaraciones técnicas del oficio y uno que otro guiño a gustos musicales. Todo iba bien hasta que, para cerrar el programa la entrevistadora me pidió si podía hacer acrobacias con alguna botella -como en la película cóctel- dijo. Como yo sólo sabía hacer tragos, no encontré nada mejor que darle una muestra de diplomacia Neandertal:

-Disculpa, yo hago tragos, no soy malabarista.-

La entrevista terminó con una cordial sonrisa.

A pesar del aparente desastre final, fui felicitado por todos los trabajadores del local, lo que demostraba que a esa altura de la tarde ya estaban todos medio borrachos. El programa se emitió de manera puntual una semana después, tal como dijo la entrevistadora. Ese día todo el personal del “Fogata” me acompañó para ver mi performance televisiva, la cual salió justo a las 21:30 horas en el segundo bloque del programa, luego de la entrevista a “Juana La Carnicera”, una mujer que trabajaba en el Supermercado Korlaet, y a la cual sus compañeros siempre le decían que era muy buena pa’ la carne.

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Odio

Odio ser mediocre

Odio ser el culpable de la miseria en la que vivo

Odio ser la eterna promesa inconclusa

Odio la manera en la que el demiurgo juega conmigo

Odio a los bastardos con más mentiras que las mías

Odio estar siempre en la trinchera

Odio ver pasar a la buena suerte en el tranvía de al lado

Odio el aire que respiro en este lugar lejano de toda humanidad

Odio el olor a polvo putrefacto de la explotación de la tierra

Odio a los palitroques naranjas de la eficiencia hipócrita

Odio la pasmosa infalibilidad de la tercera persona

Odio la certera palabra de corrección no solicitada

Odio haber sido honesto cuando el mundo vomitaba falsedad

Odio haber sido fiel, cuando todo el vulgo se entregaba  a la mentira

Odio odiar de esta tan odiosa manera

Odio escribir tanto sobre tanto odio

Odio el odio con que me lees

Odio toda la oquedad de este pueblo del odio

Si alguna vez todo este odio acabara

Quizá recordaría lo que es la dulce sensación de vivir.

Atmosphere, Joy Division

Camina en silencio.
Aléjate en silencio.
Mira el peligro,
siempre el peligro.
Conversaciones sin fin, reconstruyendo la vida.
No te vayas, afronta el peligro.
Camina en silencio.
No te alejes en silencio.
Mira el peligro,
siempre el peligro.
Las reglas se han roto
Falsas emociones.
No te vayas.
A la gente como tú le parece fácil
Siempre en sintonía sintiéndose en las nubes
cazando en grupo
junto a los ríos y por las calles.
Puede que pase pronto
y entonces quizás te importe
aléjate
aléjate del peligro.

“Bordado” de Ray Bradbury ” (1951)

imagesA propósito de estos últimos días y meses, donde el fantasma de una conflagración que nadie quiere, acecha sin cesar, recuerdo este pequeño cuento del gran Ray Bradbury.

¿Qué harías si supieras a que hora acabará todo?

 

Bordado (1951)

-¿Qué hora es?

-Las cinco menos diez.

-Tengo que levantarme y pelar esos guisantes para la cena.

-Pero… -dijo una.

-Oh, sí, me había olvidado. Tonta de mí…

La primera mujer se detuvo, dejó el bordado y la aguja y miró por la puerta abierta del porche el tibio interior de la casa silenciosa, la callada cocina. Allí, sobre la mesa, como los más puros símbolos de vida doméstica que ella hubiese podido ver, descansaba el montón de guisantes recién lavados, en sus limpias y elásticas cáscaras, esperando que unos dedos los trajeran al mundo.

-Ve a pelarlos si te hace feliz -dijo la segunda mujer.

-No -dijo la primera-. No quiero. No quiero realmente.

La tercera mujer suspiró. Bordó una rosa, una hoja, una margarita en un campo verde. La aguja de bordar se alzaba y desaparecía.

La segunda mujer estaba trabajando en el más fino, el más delicado bordado de los tres y dando hábiles puntadas, lanzando la aguja por innumerables caminos. Su rápida y negra mirada acompañaba todos los movimientos. Una flor, un hombre, un camino, un sol, una casa; la escena crecía bajo su mano; una belleza en miniatura, perfecta en todos los hilados detalles.

-En momentos así parecería que una vuelve siempre a sus manos -dijo, y las otras asintieron de modo que las mecedoras se mecieron otra vez.

-Se me ocurre -dijo la primera mujer- que nuestras almas están en nuestras manos. Pues hacemos con ellas todas las cosas. A veces pienso que no las usamos bastante. Al menos es cierto que no usamos nuestras cabezas.

Todas miraron con más atención lo qué hacían las manos.

-Sí -dijo la tercera-, cuando una recuerda toda una vida, parece que recordase menos las caras que las manos, y lo que ellas hicieron.

Contaron para sí mismas las tapas que habían levantado, las puertas que habían abierto y cerrado, las flores que habían recogido, las camas que habían tendido, todo con dedos rápidos o lentos, según su hábito o costumbre. Recordaban, y veían una agitación de manos, como en el sueño de un brujo, y puertas que se abrían de pronto de par en par, grifos que se cerraban, escobas sacudidas, niños azotados. No se oía otro sonido que un murmullo de manos rosadas; el resto era un sueño sin voces.

-No hay que preparar cenas esta noche, ni la noche de mañana o la de pasado mañana.

-No hay que abrir o cerrar ventanas.

-No hay que recordar recetas de cocina de los periódicos.

Y de pronto las tres mujeres se echaron a llorar. Las lágrimas les rodaron suavemente por la cara y cayeron sobre las telas donde se retorcían los dedos.

-Esto no nos ayudará -dijo al fin la primera mujer, llevándose la yema del pulgar a los párpados. Se miró el pulgar y estaba húmedo.

-¡Mirad qué he hecho! -dijo la segunda mujer, exasperada.

Las otras dejaron de bordar y miraron. La segunda mujer sostenía en alto su bordado. La escena era casi perfecta. El bordado sol amarillo brillaba sobre el bordado campo amarillo, y el bordado camino castaño se curvaba hacia la bordada casa rosada. Pero en la cara del hombre junto al camino había algo raro.

-Tendré que sacar todos los hilos, para arreglarlo -dijo la segunda mujer.

-Qué lástima.

Todas miraron atentamente la hermosa escena que tenía un defecto.

La segunda mujer empezó a sacar los hilos con sus relampagueantes tijeritas. La figura salió hilo por hilo. La mujer tiraba y arrancaba, casi con un maligno placer. La cara del hombre desapareció. La mujer siguió tironeando de los hilos.

-¿Qué has hecho? -preguntó la otra mujer.

Se inclinaron y vieron lo que ella había hecho.

El hombre ya no estaba junto al camino. La mujer lo había quitado del todo.

No dijeron nada y volvieron a sus trabajos.

-¿Qué hora es? -preguntó una.

-Las cinco menos cinco.

-¿Dijeron que ocurrirá a las cinco?

-Sí.

-¿Y no saben aún qué pasará realmente cuando ocurra?

-No, no con seguridad.

-¿Por qué no los detuvimos antes que llegaran tan lejos, y alcanzara este tamaño?

-Es dos veces mayor que antes. No, diez veces. O quizá mil veces.

-Esta no es como la primera de la última docena. Es distinta. Nadie sabe qué hará.

Las tres mujeres esperaban en el porche entre el aroma de las rosas y la hierba recién cortada.

-¿Qué hora es?

-Las cinco menos un minuto.

Las agujas brillaron con fuegos de plata. Se sumergieron como un menudo cardumen de peces metálicos en el aire cada vez más oscuro del estío.

Muy lejos se oyó el zumbido de un mosquito. Luego algo parecido a un retumbar de tambores. Las tres mujeres torcieron las cabezas, escuchando.

-No oiremos nada, ¿no es cierto?

-Dicen que no.

-Quizá somos tontas. Quizá pasarán las cinco y seguiremos limpiando guisantes, abriendo puertas, revolviendo sopas, lavando platos, preparando almuerzos, pelando naranjas…

-¡Oh, cómo nos reiremos de habernos asustado con un viejo experimento!

Las tres mujeres se sonrieron un instante.

-Las cinco.

Las mujeres enmudecieron y volvieron al trabajo. Los dedos se apresuraron. Las caras se inclinaron sobre sus frenéticos movimientos. Los dedos bordaron lilas y hierbas y árboles y casas . No hablaban, pero uno podía oír cómo respiraban en el silencioso aire del porche.

Pasaron treinta segundos.

Al fin, la segunda mujer suspiró aliviada.

-Me parece que iré a pelar esos guisantes para la cena -dijo-. Yo…

Pero ni siquiera tuvo tiempo de alzar la cabeza. En alguna parte, a un lado, vio que el mundo brillaba y se incendiaba. No miró, pues sabía qué era, ni tampoco las otras, y en ese último instante los dedos de las tres siguieron volando. No miraron a un lado para ver qué le ocurría a la región, la ciudad, la casa, aun el porche. Se quedaron mirando los dibujos entre las manos revoloteantes.

La segunda mujer vio cómo se iba una flor bordada. Trató de bordarla de nuevo, pero se iba en seguida, y luego desaparecieron el camino y las briznas de hierba. Advirtió un fuego, que se movía lentamente casi, y se apoderaba de una casa bordada y le sacaba las tejas, y arrancaba una a una las hojas de un arbolito verde, y vio que el sol mismo se deshacía en la tela.

Luego el fuego pasó a la punta de la aguja, que todavía relampagueaba; observó el fuego que le corría por los dedos, los brazos, el cuerpo, y le deshacía el hilado del ser, tan esmeradamente que ella podía apreciar toda su demoníaca belleza. Nunca supo qué le hacía el fuego a las otras mujeres o al mobiliario o al olmo del patio.

Pues ahora, ¡sí, ahora!, le arrancaba el bordado blanco de la carne, el hilado rosa de las mejillas, y al fin le entraba en el corazón, una rosa blanca y roja cosida con fuego, y le quemaba los frescos, bordados y delicados pétalos uno a uno.

Dos Pesos de Agua de Juan Bosh

f53Este cuento lo leí cuando tenía 10 años…recuerdo haber sentido mucha tristeza por la señora Remigia. Hoy a los 41 años, lo releí y mi sensación fue de angustia e impotencia. ¿Por qué?. Pues en esta tierra, donde la pobreza la viven más de mil millones de seres humanos, el devenir, pareciera ser el fruto de un determinismo macabro, donde los pobres seguirán siendo pobres y los ricos seguirán siendo ricos. Las excepciones sólo confirman la regla como un dato de cola estadístico.

Dos Pesos de Agua

Llorando

Esta canción siempre ha roto mi corazón. La versión original del gran Roy Orbison es maravillosa, pero esta versión que sale en Mullholland Drive, de David Lynch, es sublime.

Mientras escribo esto, al escuchar el comienzo de la melodía, comienza a caer la primera lágrima.