Odio

Odio ser mediocre

Odio ser el culpable de la miseria en la que vivo

Odio ser la eterna promesa inconclusa

Odio la manera en la que el demiurgo juega conmigo

Odio a los bastardos con más mentiras que las mías

Odio estar siempre en la trinchera

Odio ver pasar a la buena suerte en el tranvía de al lado

Odio el aire que respiro en este lugar lejano de toda humanidad

Odio el olor a polvo putrefacto de la explotación de la tierra

Odio a los palitroques naranjas de la eficiencia hipócrita

Odio la pasmosa infalibilidad de la tercera persona

Odio la certera palabra de corrección no solicitada

Odio haber sido honesto cuando el mundo vomitaba falsedad

Odio haber sido fiel, cuando todo el vulgo se entregaba  a la mentira

Odio odiar de esta tan odiosa manera

Odio escribir tanto sobre tanto odio

Odio el odio con que me lees

Odio toda la oquedad de este pueblo del odio

Si alguna vez todo este odio acabara

Quizá recordaría lo que es la dulce sensación de vivir.

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Atmosphere, Joy Division

Camina en silencio.
Aléjate en silencio.
Mira el peligro,
siempre el peligro.
Conversaciones sin fin, reconstruyendo la vida.
No te vayas, afronta el peligro.
Camina en silencio.
No te alejes en silencio.
Mira el peligro,
siempre el peligro.
Las reglas se han roto
Falsas emociones.
No te vayas.
A la gente como tú le parece fácil
Siempre en sintonía sintiéndose en las nubes
cazando en grupo
junto a los ríos y por las calles.
Puede que pase pronto
y entonces quizás te importe
aléjate
aléjate del peligro.

“Bordado” de Ray Bradbury ” (1951)

imagesA propósito de estos últimos días y meses, donde el fantasma de una conflagración que nadie quiere, acecha sin cesar, recuerdo este pequeño cuento del gran Ray Bradbury.

¿Qué harías si supieras a que hora acabará todo?

 

Bordado (1951)

-¿Qué hora es?

-Las cinco menos diez.

-Tengo que levantarme y pelar esos guisantes para la cena.

-Pero… -dijo una.

-Oh, sí, me había olvidado. Tonta de mí…

La primera mujer se detuvo, dejó el bordado y la aguja y miró por la puerta abierta del porche el tibio interior de la casa silenciosa, la callada cocina. Allí, sobre la mesa, como los más puros símbolos de vida doméstica que ella hubiese podido ver, descansaba el montón de guisantes recién lavados, en sus limpias y elásticas cáscaras, esperando que unos dedos los trajeran al mundo.

-Ve a pelarlos si te hace feliz -dijo la segunda mujer.

-No -dijo la primera-. No quiero. No quiero realmente.

La tercera mujer suspiró. Bordó una rosa, una hoja, una margarita en un campo verde. La aguja de bordar se alzaba y desaparecía.

La segunda mujer estaba trabajando en el más fino, el más delicado bordado de los tres y dando hábiles puntadas, lanzando la aguja por innumerables caminos. Su rápida y negra mirada acompañaba todos los movimientos. Una flor, un hombre, un camino, un sol, una casa; la escena crecía bajo su mano; una belleza en miniatura, perfecta en todos los hilados detalles.

-En momentos así parecería que una vuelve siempre a sus manos -dijo, y las otras asintieron de modo que las mecedoras se mecieron otra vez.

-Se me ocurre -dijo la primera mujer- que nuestras almas están en nuestras manos. Pues hacemos con ellas todas las cosas. A veces pienso que no las usamos bastante. Al menos es cierto que no usamos nuestras cabezas.

Todas miraron con más atención lo qué hacían las manos.

-Sí -dijo la tercera-, cuando una recuerda toda una vida, parece que recordase menos las caras que las manos, y lo que ellas hicieron.

Contaron para sí mismas las tapas que habían levantado, las puertas que habían abierto y cerrado, las flores que habían recogido, las camas que habían tendido, todo con dedos rápidos o lentos, según su hábito o costumbre. Recordaban, y veían una agitación de manos, como en el sueño de un brujo, y puertas que se abrían de pronto de par en par, grifos que se cerraban, escobas sacudidas, niños azotados. No se oía otro sonido que un murmullo de manos rosadas; el resto era un sueño sin voces.

-No hay que preparar cenas esta noche, ni la noche de mañana o la de pasado mañana.

-No hay que abrir o cerrar ventanas.

-No hay que recordar recetas de cocina de los periódicos.

Y de pronto las tres mujeres se echaron a llorar. Las lágrimas les rodaron suavemente por la cara y cayeron sobre las telas donde se retorcían los dedos.

-Esto no nos ayudará -dijo al fin la primera mujer, llevándose la yema del pulgar a los párpados. Se miró el pulgar y estaba húmedo.

-¡Mirad qué he hecho! -dijo la segunda mujer, exasperada.

Las otras dejaron de bordar y miraron. La segunda mujer sostenía en alto su bordado. La escena era casi perfecta. El bordado sol amarillo brillaba sobre el bordado campo amarillo, y el bordado camino castaño se curvaba hacia la bordada casa rosada. Pero en la cara del hombre junto al camino había algo raro.

-Tendré que sacar todos los hilos, para arreglarlo -dijo la segunda mujer.

-Qué lástima.

Todas miraron atentamente la hermosa escena que tenía un defecto.

La segunda mujer empezó a sacar los hilos con sus relampagueantes tijeritas. La figura salió hilo por hilo. La mujer tiraba y arrancaba, casi con un maligno placer. La cara del hombre desapareció. La mujer siguió tironeando de los hilos.

-¿Qué has hecho? -preguntó la otra mujer.

Se inclinaron y vieron lo que ella había hecho.

El hombre ya no estaba junto al camino. La mujer lo había quitado del todo.

No dijeron nada y volvieron a sus trabajos.

-¿Qué hora es? -preguntó una.

-Las cinco menos cinco.

-¿Dijeron que ocurrirá a las cinco?

-Sí.

-¿Y no saben aún qué pasará realmente cuando ocurra?

-No, no con seguridad.

-¿Por qué no los detuvimos antes que llegaran tan lejos, y alcanzara este tamaño?

-Es dos veces mayor que antes. No, diez veces. O quizá mil veces.

-Esta no es como la primera de la última docena. Es distinta. Nadie sabe qué hará.

Las tres mujeres esperaban en el porche entre el aroma de las rosas y la hierba recién cortada.

-¿Qué hora es?

-Las cinco menos un minuto.

Las agujas brillaron con fuegos de plata. Se sumergieron como un menudo cardumen de peces metálicos en el aire cada vez más oscuro del estío.

Muy lejos se oyó el zumbido de un mosquito. Luego algo parecido a un retumbar de tambores. Las tres mujeres torcieron las cabezas, escuchando.

-No oiremos nada, ¿no es cierto?

-Dicen que no.

-Quizá somos tontas. Quizá pasarán las cinco y seguiremos limpiando guisantes, abriendo puertas, revolviendo sopas, lavando platos, preparando almuerzos, pelando naranjas…

-¡Oh, cómo nos reiremos de habernos asustado con un viejo experimento!

Las tres mujeres se sonrieron un instante.

-Las cinco.

Las mujeres enmudecieron y volvieron al trabajo. Los dedos se apresuraron. Las caras se inclinaron sobre sus frenéticos movimientos. Los dedos bordaron lilas y hierbas y árboles y casas . No hablaban, pero uno podía oír cómo respiraban en el silencioso aire del porche.

Pasaron treinta segundos.

Al fin, la segunda mujer suspiró aliviada.

-Me parece que iré a pelar esos guisantes para la cena -dijo-. Yo…

Pero ni siquiera tuvo tiempo de alzar la cabeza. En alguna parte, a un lado, vio que el mundo brillaba y se incendiaba. No miró, pues sabía qué era, ni tampoco las otras, y en ese último instante los dedos de las tres siguieron volando. No miraron a un lado para ver qué le ocurría a la región, la ciudad, la casa, aun el porche. Se quedaron mirando los dibujos entre las manos revoloteantes.

La segunda mujer vio cómo se iba una flor bordada. Trató de bordarla de nuevo, pero se iba en seguida, y luego desaparecieron el camino y las briznas de hierba. Advirtió un fuego, que se movía lentamente casi, y se apoderaba de una casa bordada y le sacaba las tejas, y arrancaba una a una las hojas de un arbolito verde, y vio que el sol mismo se deshacía en la tela.

Luego el fuego pasó a la punta de la aguja, que todavía relampagueaba; observó el fuego que le corría por los dedos, los brazos, el cuerpo, y le deshacía el hilado del ser, tan esmeradamente que ella podía apreciar toda su demoníaca belleza. Nunca supo qué le hacía el fuego a las otras mujeres o al mobiliario o al olmo del patio.

Pues ahora, ¡sí, ahora!, le arrancaba el bordado blanco de la carne, el hilado rosa de las mejillas, y al fin le entraba en el corazón, una rosa blanca y roja cosida con fuego, y le quemaba los frescos, bordados y delicados pétalos uno a uno.

Dos Pesos de Agua de Juan Bosh

f53Este cuento lo leí cuando tenía 10 años…recuerdo haber sentido mucha tristeza por la señora Remigia. Hoy a los 41 años, lo releí y mi sensación fue de angustia e impotencia. ¿Por qué?. Pues en esta tierra, donde la pobreza la viven más de mil millones de seres humanos, el devenir, pareciera ser el fruto de un determinismo macabro, donde los pobres seguirán siendo pobres y los ricos seguirán siendo ricos. Las excepciones sólo confirman la regla como un dato de cola estadístico.

Dos Pesos de Agua

Llorando

Esta canción siempre ha roto mi corazón. La versión original del gran Roy Orbison es maravillosa, pero esta versión que sale en Mullholland Drive, de David Lynch, es sublime.

Mientras escribo esto, al escuchar el comienzo de la melodía, comienza a caer la primera lágrima.

El Moulin Rouge de Atacama

lima

Me senté. Estaba en los sillones rojos del único club nocturno al que mi pequeño bolsillo tenía acceso. Era jueves por la noche. No se puede esperar mucho de un lugar considerado de tercera división, si la jerga del fútbol sirve para explicar la categoría del local. El interior era húmedo y oscuro; en esta especie de microclima, la realidad era confusa pues, debido a la gran cantidad de asistentes, el aire se convertía rápidamente en una atmósfera densa, poblada por olores fuertes y subterráneos: tufaradas de cervezas, cigarros malos, sudor de contratista bajando del turno, chicles de menta y perfumes dulces de mujer.

Cada rincón, estaba plagado y acribillado por luces de diferentes colores, formas e intensidades. A veces la iluminación era tan intermitente que todos los movimientos se veían en cámara lenta, excepto las bailarinas: rociadas con una fuerte luz roja que no hacía sino demarcar las líneas de sus cuerpos desnudos, frente al silente y afiebrado público. Es entonces, cuando las miradas se cruzan, los gestos hacen evidentes las intenciones de artistas y clientes, las invitaciones o desprecios.

De repente es hora de ebullición. Cuando ya no queda lugar disponible de ocupar y el desfile de carne humana femenina llega al cenit.

Las mujeres, casi desnudas, se pasean  frenéticas, ofreciendo corta y rápida compañía, a cambio de un trago. Cada vez que un cliente acepta, el local entrega a la “vendedora” una ficha plástica, que al final de la noche cambia por dinero, haciendo de este empleo, un pariente lejano de las pulperías de la pampa nortina. Mientras más fichas, más alta será la comisión al final del turno.

Todo este movimiento bursátil, se desarrolla con un espectáculo de fondo: un rotatorio de bailarinas, turnándose para menear su humanidad sobre un pequeño escenario de madera, rodeado con burdas guirnaldas de colores. Dos barras de metal brilloso sirven como fálicos soportes, donde las artistas deslizan sus cuerpos desnudos en una explosión de sexualidad, que no deja indiferente a nadie.

Por los parlantes, y de manera atroz, cada bailarina es llamada para preparar su show. Es una espantosa mezcla de reggaetón y malas baladas de los 80’s, con una voz gangosa digna de un aeropuerto de provincia.

En algún momento de la noche, el encargado del espectáculo presentó a la bailarina estrella del local, a la cual llamaban Luna.

Luna, era una voluptuosa mujer, que aún no cumplía los 5 lustros de edad. Bella a su manera, su mirada altanera y nariz aguileña, construían un rostro reconocible con facilidad en cualquier lado y a cualquier hora. Su baile cadencioso y elegante contrastaba de manera brutal con lo burdo de su vestuario y accesorios.

Los parroquianos del lugar conocían a Luna, por lo que el show ocurrió en un ambiente tranquilo y sin mayores problemas, excepto al final, cuando un poco astuto universitario se pasó de la raya, y manoseó de manera artera la entrepierna de la diva del local.

La actitud pendeja del estudiante, (que evidenciaba total desconocimiento de las normas de cortesía utilizadas en un strip show),  molestó a todos quienes mirábamos el espectáculo, a tal punto que me levanté de mi asiento, para sacar de ahí al futuro profesional, antes de que Luna le clavara su taco aguja en todo lo que se llama cráneo. Pasó algo lamentable: mi reacción no fue tan rápida como la de los guardias del local que tomaron al pobre tipo, dejándolo K.O de manera casi instantánea con sendos golpes de puño al hígado y mentón. Luego de eso, y como si fuera una bolsa de basura, lo lanzaron a la calle, casi inconsciente.

Tras superar el impasse, el show vuelve a la normalidad.

Cuando me disponía a sacar un cigarrillo, uno de los hombres que golpearon al muchacho, se sentó al lado mío, con tranquilidad pasmosa. Alguna expresión tuvo que ver en mi rostro, pues me preguntó molesto: “¿qué pasó amigo? ¿no le gustó que le pegáramos al weón?”.

Sorprendido por todo lo presenciado, decidí ser sincero: “En realidad, creo que no era necesario ser tan brutal, el cabro con suerte tenía 20 años…con echarle habría sido suficiente”. Ante mi respuesta, el tipo me miró con clara expresión de burla, mezclada con una cínica compasión por mí.

  • Mire socio, si cree que nosotros fuimos brutos, agradezca que al weón no lo pilló el jefe, el que se come a la Luna, porque ahí…ahí el weón no la cuenta, no sería primera vez que nos piteamos a uno que se creía vivo.

Ante mi perpleja mirada, el tipo rió a carcajadas y me ofreció una cerveza por querer ayudar a la Luna, la bailarina estrella de esa caverna llena de hormonas, que quedaba en el centro de Antofagasta.