20 Años No Es Nada

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Los de mayo y junio de 1999, fueron meses particularmente turbulentos.

Las movilizaciones estudiantiles dirigidas en ese entonces por la Confech, se tomaban la agenda informativa tanto del noticiero central “24 horas”, como de aquel proto-late periodístico de “Medianoche”, conducido por Alejandro Guiller y Consuelo Saavedra.

Aún estaban frescos, las consecuencias de la maquiavélica jugada, hecha un par de años antes, por un joven Rodrigo Peñailillo (Sí, el mismo que fue Ministro del Interior del segundo Mandato de Bachelet.), la cual quebró un movimiento estudiantil que tenía una bandera de lucha sumamente clara: Arancel diferenciado para los estudiantes de menores recursos.

Al parecer Peñailillo, quien cual militaba en la juventud PPD desde los 17 años, gestó una operación política tan eficaz, que terminó dividiendo un movimiento que llevaba un mes de intensas movilizaciones. ¿Cómo lo hizo?. Acepando o negociando dirán algunos, una inyección de recursos públicos o plata fresca como le llamaban en ese entonces, al sistema de financiamiento de la educación superior, hecho con el cual, que diluyó toda discusión de reformas de fondo.

Aquel año 1999, la capacidad propositiva del movimiento estaba en su cenit. Eso sumado a una crisis asiática que golpeó de manera durísima a la economía de la época, hicieron que el ambiente fuera sumamente tenso a todo nivel.

Recuerdo el haber participado en manifestaciones tremendas en el camino troncal que une Viña del Mar con Quilpué, en una toma de la mismísima avenida España por casi 5 mil estudiantes que bajaron desde la casa central de la Universidad Santa María, y en una ingente protesta frente al congreso, la cual terminó con 600 detenidos sólo en el plan de Valparaíso.

Recuerdo una olla común en la Universidad.

Era un día de sol.

Recuerdo alegría, optimismo y una extraña comunión dentro de los que participábamos por aquel entonces.

Era 19 de mayo.

De pronto, por la radio, escuchamos con horror que en Arica, un carabinero de nombre Norman Vargas, reventó la cabeza de un estudiante en plena manifestación.

El arma : Una escopeta Winchester calibre 12 con balines de acero.

La víctima: Daniel Menco Prieto, 23 años, estudiante de auditoría, quien trabajaba como repartidor de gas para pagar sus estudios.

Había desazón, pues no estábamos preparados para eso.

Frei y su subsecretario del interior Guillermo Pickering (Sí, el hasta hace poco presidente de Aguas Andinas), tenían las manos manchadas con sangre, al igual como las tiene, 20 años después, Sebastián Piñera.

Una oportunidad.

Cuenta pública del 21 de mayo en el congreso nacional de Valparaíso.

01 invitación que “alguien” entregó y que permitiría estar en la parte superior del salón de honor del congreso.

Éramos 02 los que tuvimos la opción.

En decisión rápida y justa, me quedé fuera del congreso para poder ayudar a sacar a mi compañero de la segura detención que se le venía encima.

“Aquel compañero” entró y el resto es historia. Cuando Eduardo Frei Ruiz Tagle, Presidente de la República de Chile, comienza a nombrar los logros en educación, “aquel compañero”, grita a viva voz, lo que muchos sentíamos en aquel momento.

Le enrostró en su cara y para todo Chile en directo, la muerte de Menco, la ineptitud de su Gobierno para manejar las manifestaciones, y el horror que 20 años después, el sistema neoliberal que representaba le haría pasar a Chile.

Frei, comienza literalmente a traspirar, le corre la gota, el vaso de agua que toma pareciera que fuera leche con harina tostada, pues la voz le comienza a fallar.

Un silencio.

Frei está en shock.

A “aquel compañero”, lo sacaron cagando a patadas.

Indagando fuera del congreso, lo fui a buscar a una tenencia que quedaba en Cerro Barón.

Fue un largo rato de espera.

A la salida, “aquel compañero”, me comentaba que el diputado UDI, Gonzalo Ibañez, le insinuó que para salir luego del calabozo, que se retractara de toda militancia política.

Ándate a la conchetumadre, fue la respuesta de “aquel gran compañero”, en aquel oscuro 1999.

Voces

Sin títuloUn estable y aburrido empleo de académico universitario, además de  una obligada soltería por su inexistente capacidad de comunicación con las mujeres, hacían de Ernesto Torrealba, un tipo al que se le podría definir como un tipo medianamente culto, instruido, y el cual poseía una grisácea y silente “aura”.

En él, no había ninguna cualidad, que pudiera colocarlo por sobre el resto de la gente, pues durante toda su vida, su forma de ser, lo había convertido en el perfecto prototipo del inocuo ciudadano promedio contemporáneo.

Si bien, gracias a su profesión, poseía una acotada tranquilidad económica, la desidia que sentía por su trabajo era por decir lo menos, monumental. Siempre pensó que el ejercicio laboral era un tormento inhumano, tal como lo era aquel ancestral y tenebroso instrumento de tortura llamado tripalium, diferenciándose de éste, sólo en la retorcida manera metonímica con que había evolucionado el concepto, hasta convertirlo en un digno sinónimo de la dignificación humana. Por este motivo, el convivir, lidiar o negociar con sus colegas universitarios, era literalmente un suplicio de tipo oriental, sólo imaginable en las cavilaciones de un condenado al más espantoso de los avernos.

Durante sus recién cumplidos 35 años, nunca una actividad en la que hubiera estado involucrado, había sido capaz de calar hondo en su velado y mate espíritu. Scouts, religión, política, deporte y literatura, fueron sólo aficiones temporales que no lograron despertar mayor interés que el necesario para iniciar la aventura. A poco camino y debido a la necesaria disciplina para progresar en cualquier actividad humana, Ernesto terminaba por abandonar todo entusiasmo para caer nuevamente en el marasmo característico de su día a día.

De esta manera, y de no ser por un acontecimiento fortuito e inesperado, la vida de este aburrido académico hubiera seguido sin mayores variaciones en su tranquila normalidad.

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Un día cualquiera, comenzó de manera totalmente solitaria y sigilosa a desarrollar un don que, sólo en la hermeticidad de sus soliloquios, se aventuraba a confesar: Escuchar los pensamientos de los demás. La primera vez que tuvo acceso a lo que la gente tenía dentro de sus cabezas, fue en el aeropuerto de la ciudad, cuando se disponía a viajar a un seminario de física teórica.  La experiencia para él significó todo un cataclismo interior, debido a lo violento y repentino del suceso.

De pronto, una multitud de ruidos extraños comenzaron a distraer la atención de Ernesto. Su robusta formación en ciencias lo hizo deducir que la forma de la bóveda y techumbre del recinto, eran las responsables de algún extraño fenómeno acústico, el cual permitía que las voces de todos los presentes en el lugar, chocaran entre sí de manera aleatoria y después de una vorágine de rebotes, se contrajeran en una cacofonía de volumen decreciente que llegaba directamente a sus tímpanos.

Luego de corroborar que nadie más que él, era capaz de escuchar este fenómeno, comenzó el terror, pues las voces seguían allí, susurrándole mil millones de palabras por segundo, en innumerables frecuencias, ritmos y combinaciones. Ante tal suceso, pensó que lo mejor para él, era pasar desapercibido, pues la espantosa alucinación lo sobrepasaba totalmente. Tuvieron que pasar 6 horas de estar sentado en el lugar más distante del aeropuerto, para que las voces cesaran. Después de este episodio, nunca más fue el mismo.

Algunos días después de lo ocurrido en el aeropuerto, el fenómeno volvió a repetirse, ésta vez, en una recepción efectuada en el salón principal de la Universidad. Si bien la llegada del evento fue tan abrupta como el anterior, ésta vez no causó el mismo pánico en Ernesto, quien poco a poco comenzó a acostumbrarse a esta particular experiencia. Cada día que pasaba y, solamente con algunas horas de descanso, el fenómeno volvía a repetirse una y otra vez, salvo que cada repetición era de manera menos estrepitosa y estresante. De hecho con el correr de los días, fue capaz de elegir de manera consciente, cuáles eran las voces que quería escuchar con detención y cuáles no.

Pero no todo era tranquilidad.

Ernesto sabía que el confesar este nuevo prodigio en público, era equivalente al suicido social y laboral, sobretodo tomando en cuenta la naturaleza de su oficio, que lo tenían realizando la cátedra de física avanzada en la Universidad de mayor prestigio del país. En este contexto rígido e inamovible, tan propio de la academia, Ernesto comprendió que las palabras más importantes del mundo, y las únicas que podrían ayudarlo a asegurar su supervivencia, eran prudencia y discreción.

Los primeros meses que pasaron luego del suceso del aeropuerto, podrían ser catalogados como los mejores momentos en la aburrida vida de Ernesto. Por primera vez, él sentía que tenía el control sobre algo y que nadie sería capaz de cambiar esa situación. Como todo pasatiempo nuevo, las primeras experiencias estuvieron cargadas de situaciones superfluas y graciosas, como por ejemplo saber que era lo que la abuela de la esquina pensaba de él mientras le devolvía el saludo diario de la mañana, o como saber si la exuberante dependiente de la tienda de alimentos había tenido buen o mal sexo la noche anterior.

Poco a poco, Ernesto comenzó a dejar de lado las experiencias vulgares a las que podía tener acceso con su nuevo don; de hecho cada día que pasaba y de manera consciente fue ingresando a capas más ocultas y oscuras de la mente de todas las personas de quienes se rodeaba.

Con el correr de los días, la cantidad información obtenida iba creciendo de manera tal, que ya no era sicológicamente rentable ni saludable, el seguir teniendo acceso a los vertederos cerebrales de sus “especímenes de estudio”, por lo que esta vez, Ernesto decidió sumergirse en las simas más profundas de la mente de los demás, eligiendo como primer conejillo de indias a quien en apariencia, era  la persona más inocua e insípida de la Universidad, la señora Silvia Lescano, jefa de personal.

La idea era simple, Ernesto quería a toda costa saber hasta que profundidad de la mente ajena era capaz de acceder con su nuevo don.

Para esta nueva etapa de su extraño experimento, era necesario que el “vidente” pudiera estar lo más a solas posible con su examinado, por lo cual convidó a Silvia Lescano a tomar un café en un lugar apartado del centro y donde casi no entraba gente. La excusa para este encuentro fue tan absurda como inverosímil, pues la idea era poder hablar del lento accionar de los sumarios administrativos de la Universidad.

Una vez que se encontraron en el lugar de encuentro previsto, se sentaron y comenzaron una charla vacua y superficial. Claro está que a Ernesto esto no le importaba, pues de manera paralela desde el primer minuto de la cita, ya había comenzado a penetrar las primeras capas existentes en los sesos de su interlocutora.

Todo era como un sueño real y vívido.

Los sonidos que comenzaron a llegar a la cabeza de Ernesto, una vez traspasada el primer estadio en la mente de la mujer, eran algo no previsto en sus cálculos iniciales. Eran ruidos silenciosamente estridentes, como si mil cuchillos rasguñaran de manera simultánea una mesa de cristal gigantesca y sin fin. Poco a poco los pensamientos que, al principio se presentaban como una madeja de invisibles hilos de sonido, se iban desenredando de manera que podían ser descifrados y escuchados de manera racional. Había de todo: frases de amor, conversaciones secretas, opiniones abyectas, juicios, llantos, gritos, jadeos, aullidos, en fin, un sinnúmero de información codificada que de alguna manera hacían ver que la señora Lescano, era cualquier cosa, menos la mujer de bajo perfil que mostraba en el diario vivir.

Luego de esa capa de ruidosa vorágine, vino un silencio. Una asfixiante tropopausa que, sólo fue interrumpida cuando Ernesto pudo pasar a la siguiente etapa de los pensamientos de la señora escaneada.

Inmediatamente después de terminada la tregua de ruido, a la cabeza de Ernesto, comenzaron a llegar unos suaves sonidos de voces indescifrables. Eran como débiles canciones arrojadas al aire en un dialecto desconocido pero que lentamente pudieron ser des encriptadas.  Ernesto no daba crédito a lo que su cabeza estaba escuchando pues, aquellos sonidos solamente podían ser asociados a algo que él había escuchado cuando niño en las voces de las viejas del barrio que rezaban en grupo. Aquellos ruidos eran lamentaciones, las cuales eran compuestas por varias voces sonando en un canon armónico pero brutalmente agobiante.

Luego vino el pavor.

Al final de aquella capa de lamentaciones, Ernesto pudo detectar un sonido sordo, el cual poseía un cuerpo denso y omnipresente. Si bien al principio, el sonido sólo era una masa amorfa de ondas y vibraciones, rápidamente, y de manera consciente,  fue tomando la forma necesaria para que la mente de Ernesto pudiera procesarla y transformarla en un código conocido. Cuando esto último sucedió, el aprendiz de viajero mental, se dio cuenta que había cruzado un punto sin retorno.

-Que haces aquí- murmuró el sonido en su dialecto imposible pero existente.

-Este lugar desde el principio del tiempo ha estado prohibido para los de tu estirpe – continuó la voz.

Ernesto en un shock casi invalidante, no tuvo mejor respuesta que pararse de la mesa y salir prácticamente corriendo desde el café donde estaba reunido. La señora Lescano, sin entender nada de lo que pasaba, sólo atinó a pagar la cuenta y tratar de dar alcance a Ernesto, lo cual no logró.

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Luego de 4 días sin dormir, Ernesto decidió que debía contar esta experiencia a alguien, pues de no hacerlo, la posibilidad de volverse loco era espantosamente cierta.

El dilema, era complicado de resolver pues, necesariamente la persona a quien se le contara las experiencias vividas en el último tiempo, debía tener la suficiente amplitud de mente para concebir semejante realidad, sin encasillar a Ernesto en la categoría de estados de conciencia alterados o peor aún, ser diagnosticado con un flamante delirium tremens.

Ante tal situación, decidió tomar varios días de descanso, debido a que la experiencia con aquel ruido, lo había descolocado hasta la hebra más profunda de su alma. Aquel sonido sordo y poderoso, lo hizo cuestionarse todo lo que él creía saber y creer. De alguna manera extraña y sarcásticamente brutal, las dos frases emitidas por esta entidad,  habían socavado todos los cimientos que, durante años de estudios y vivencias, había construido.

Como la siquiatría era una rama de la ciencia médica, poco confiable para contar lo sucedido, Ernesto decidió hablar con un viejo amigo, al cual no veía desde los tiempos de la Universidad. La persona indicada era Roberto Villarroel, antropólogo de profesión y ocultista de medio tiempo.

Roberto Villarroel vivía en un lugar bastante retirado al sur del país.  Hacía diez años que había tomado la decisión de abandonar la ciudad y todo lo que representaba, esto debido a una misteriosa experiencia vivida durante una solitaria noche en el desierto, cuando realizaba estudios sobre la inexplicable muerte de personas en un pueblo del norte. Con Ernesto, durante los años que compartieron en la Universidad, habían llegado a desarrollar una peculiar amistad, la cual traspasaba los pasillos universitarios, debido a las poco convencionales ideas de Roberto sobre la realidad última del ser humano. Ernesto siempre en tono desafiante, criticaba a Roberto diciéndole, que las suyas eran las típicas ideas de una persona que necesitaba creer en algo superior debido a lo limitado de sus razonamientos. Roberto a su vez, siempre contestaba que el tiempo terminaría por demostrar que el ser humano sólo era un eslabón más de la cadena alimenticia del planeta, pues si bien el hombre se alimentaba de manera directa de animales y plantas, a su vez, y a través de métodos inconscientes  e incognoscibles, también él servía de alimentos para los “otros habitantes”.

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Ernesto tenía una cara decrépita cuando Roberto abrió la puerta de su casa.

Una vez contados todos los detalles de las últimas experiencias del profesor de física. Roberto, se sentó pensativo mientras tomaba una taza de agua caliente. Luego de mucho pensar y siempre con los ojos de Ernesto clavados, esperando alguna opinión, Roberto se echó hacia atrás diciendo en tono solemne:

-El que hayas venido hasta acá, ha sido una grata sorpresa, pero el saber sobre tus experiencias puede significar el fin para ambos, una vez que ellos saben que puedes escucharlos, no dejan de seguirte.-

-¿Quiénes? preguntó  al borde del colapso Ernesto.

El tiempo me dio la razón viejo amigo, lo único que ha pasado, es que por alguna rara causalidad, tuviste acceso al terreno de los “otros habitantes”.

-No entiendo nada- De que estás hablando.

-A veces es mejor no saber ni entender nada amigo mío- continuó Roberto.

Después de esta última frase, Roberto comenzó a explicar de la manera más didáctica posible, cuál era la razón de todos los recientes acontecimientos.

En este mundo sólo hay dos palabras que tienen sentido total: comida y excremento.

La conciencia humana limitada por nuestras finitas redes neuronales, no alcanza a dimensionar de manera global, la realidad de que así como nos alimentamos de otros, somos nosotros el alimento de alguien o algo más.

Durante cientos o miles de años, el ser humano ha intuido esta versión de la cosmovisión, pero el ego casi infinito del hombre no acepta esta cruda y poco glamorosa realidad.

Y no tenemos mucho que hacer, tratar de entender el porqué de esta situación carece totalmente de sentido. No tiene que ver con nosotros, no tiene que ver con justicia, ni destino, ni libre albedrío ni ninguna de esas construcciones hechas por nosotros a conveniencia de nuestra pequeña e insegura humanidad.

-Por qué yo- suspiró Ernesto.

-Eso tampoco importa, lo siento- dijo Roberto en tono sepulcral.

-Qué es lo que debo hacer ahora- consultó nuevamente Ernesto ya casi sin ánimos de nada.

– ¿Qué haría un cerdo, si por casualidad entra al rancho donde están haciendo un gran asado de costillar?- preguntó Roberto de manera mordaz.

-Arrancar y esconderse, para que no lo vuelvan a ver por el lugar- se contestó a sí mismo.

– Y bueno, tú ya arrancaste….por lo que sólo te queda esconderte y guardar el mayor de los silencios por lo que te quede de vida, así como lo hago yo- dijo Roberto contestándose nuevamente a sí mismo.

-¿Quieres decir que tú también lo escuchaste?- preguntó Ernesto sorprendido.

-Hace diez años, esa noche en el desierto, te acuerdas?- respondió Roberto.

-Claro que me acuerdo, fue un escándalo en la Universidad, todos pensado que te habías vuelto loco o que una de tus estudiantes te había dado una sobredosis de ácido o peyote- contestó Ernesto.

-Nada de eso- en realidad fue algo horrible, confesó Roberto, mientras comenzaba a detallar su propia historia.

Llevaba meses investigando acerca de ese pueblo del desierto del norte, ese que fue afectado por una paranoia colectiva a fines del siglo pasado. Luego de estudiar las casas abandonadas, me di cuenta que lo que pasó ahí tuvo que ser un verdadero infierno, pues aún se podían ver las marcas de sangre en las paredes que dejaron los que comenzaron a golpearse la cabeza en ellas.

Los registros decían que muchos se volvieron locos y algunos murieron de muerte súbita por algún raro mal cardiaco, no sin antes gritar que por favor les sacaran de la cabeza las voces que no los dejaban en paz.

Esa noche, era una de las últimas que nos quedaríamos en el campamento, así que decidimos hacer una fogata para preparar la cena antes que se pusiera frío como es costumbre en el lugar.

Era una noche sumamente estrellada, estábamos con los alumnos preparando una taza de té caliente, cuando empiezo a escuchar todas esas voces a la vez, fue desesperante. Mi ayudante me miraba con ojos sorprendidos cuando me levanté y empecé a gritar que por favor se callaran por favor. Cuando empezaron a reírse al pensar que era una broma, tome una trozo de madera en llamas de la fogata y, comencé a dar golpes en el aire como un enfermo. Fueron necesarios cuatro alumnos para tranquilizarme a golpes y patadas, luego perdí el conocimiento.

Después de unos días de descanso, volvieron los ruidos, cada vez más constantemente, hasta que un día lo escuché.

-¿A él?- preguntó Ernesto

-Nada de eso- respondió secamente Roberto.

Ese ruido, ese eco sin forma, no tiene sexo ni nada parecido a alguna identidad que nosotros le podamos atribuir. Es sólo una presencia que afortunadamente no tiene mucho interés en nosotros, por lo menos como para tener contacto directo con estos simios con traje que resultamos ser.

De pronto Roberto abrió los ojos y comenzó a hablarse a sí mismo:

-Durante estos diez años he sido capaz de acallar las voces, debe ser por eso que aún sigo vivo, sin duda. Ellos no han podido dar conmigo, pues el silencio mental de mi retiro ha sido riguroso.-

-Lo mejor es que te vayas Ernesto, yo no puedo ayudarte más, ya sabes lo que debes y no debes hacer.- concluyó Roberto.

Al terminar, se hizo un silencio desolador entre ambos. El revivir esos momentos fue para los dos viejos amigos, como un final de cuento falso, pues ese sonido sordo que ambos habían conocido, no iba a desaparecer, nunca, hicieran lo que hicieran. Era una realidad tan fuera de sus alcances, que no había más que desearse suerte el uno al otro, mientras seguían ocultándose.

Antes de retirarse Ernesto hizo una última pregunta.

-¿Es capaz de hacernos daño?-

-De todas las formas que seas capaz de imaginar- sentenció Roberto.

Justo antes de cerrar la puerta, el sonido regresó de manera espantosa. Ambos amigos se miraron de inmediato pues comenzaron a escuchar sus pensamientos mutuamente.

Intentaron ignorar las intimidades que cada uno de ellos podía escuchar del otro, pues sabían que cualquier indiscreción o detalle vergonzoso que pudieran saber del que estaba al frente, era una insignificancia, al lado de lo que venía.

-Esto es intolerable- rugió una voz pastosa en la cabeza de ambos desafortunados hombres.

-Este desorden debe cesar de inmediato, ustedes no tienen más cabida ni sentido que el que les corresponde según la eterna disposición. De alguna manera que desconocemos, al igual que otros antes de ustedes, han sido capaces de traspasar una de las pocas grietas que existen en el muro que nos separa desde el inicio de esta era.

Es una afrenta, un riesgo que no podemos aceptar. La sola posibilidad que la economía de este trozo de universo sea cuestionada, merece nuestra más vigorosa reacción.-

Dicho esto, Roberto comenzó a convulsionar de manera atroz y frenética hasta que cayó muerto al borde de la puerta de salida.

Ernesto comenzó a correr espantado, por el pavor de ver a su amigo muerto en una batalla en la que no tuvo oportunidad alguna. Corrió durante un largo trayecto, desesperado, sabiendo que su fin podía estar en cada nuevo paso que daba.

No pudo correr más, por lo que cayó rendido al borde del camino. Mientras jadeaba por el cansancio de la carrera, miro a su alrededor de manera asustadiza y nerviosa, esperando el inminente final. Luego de un largo lapso de incierta duración, su mente se volvió silente y calma. De alguna manera, al parecer, el sonido lo había dejado en paz, pues ya no había voces ni nada anormal dentro de su cabeza.

Luego de declarar a la policía lo que había pasado, el caso de la muerte de Roberto se cerró como un ataque repentino de epilepsia fulminante con fatales consecuencias. Todos, menos Ernesto, desconocían la verdadera naturaleza de lo sucedido, pero no importaba, debía ser así, convenía que fuera así, pues nadie comprendería ni aceptaría la realidad tan oscura e inverosímil que desde ese día lo acompañó.

El silencio físico y mental fue su mejor aliado y compañero durante todos los años que fue capaz de escabullirse del sonido, aunque la decepción de saber que la razón de todo el esfuerzo humano no tenía razón alguna, lo desgastó al grado de convertirlo en una especie de ermitaño dentro de la ciudad. Raras veces conversaba con alguien, y cuando lo hacía procuraba hacerlo el menor tiempo posible.

Con el pasar de los años, el ocaso de la vida comenzó a asomarse todas las mañanas a la ventana por la cual, durante las mañanas entraba el sol a la habitación de Ernesto. Este, en un intento por darle algún sentido a todo lo que había aguantado, hizo un último esfuerzo de orgullo humano, y comenzó a buscar al sonido, que tantos años antes lo hizo ver la espantosa realidad de la vida.

Comenzó lentamente a abrir sus pensamientos en búsqueda de aquellos sonidos que alguna vez le abrieron las puertas de las mentes de las demás personas.

El proceso fue largo.

Los intersticios del cerebro, acostumbrados a años de silencio, lentamente volvieron a palpitar en búsqueda de aquellas voces lejanas y ajenas.

Fueron días de agotadoras jornadas, en las cuales la frustración comenzaba a amainar la poca alma que le quedaba a Ernesto.

Hasta que encontró lo que buscaba.

-Una antigua deuda acaba de aparecer- dijo el sonido con una tranquilidad pasmosa.

-Acá estoy, a punto de morir.  Todos estos años he estado escondido de ti, ya estoy cansado y antes que me aniquiles o disuelvas mi alma en la nada, quiero que respondas a mi pregunta-, lamentó Ernesto.

-¿Crees que tienes el poder de exigir algo?- rugió el sonido.

-Quiero ver tu rostro, quiero ver el rostro de lo que está por sobre nosotros, quiero conocer al verdadero beneficiario de todo el esfuerzo humano-, exclamó Ernesto a punto de desfallecer.

-Muy al norte, en la tierra llamada Svithjod, se yergue una roca. Tiene cientos de kilómetros de ancho y otro tanto de altura. Una vez cada mil años llega un águila para afilar sus garras en la roca. Cuando a causa de esto, la roca llegue a desgastarse de manera completa, tendrás una suave idea de la realidad a la que no perteneces.- dictó el sonido.

-Sin embargo, tendrás la oportunidad de enmendar tu camino. Has sabido esconderte de nuestra furia y naturaleza con inteligencia y astucia. Volverás a esta tierra, para comenzar de nuevo tu camino, para cumplir tu misión como corresponde, la misma misión de toda tu raza- sentenció finalmente el sonido.

Ernesto, con una angustia terrible, sintió que su cuerpo comenzaba a rendirse. Su espíritu quebrado y maltrecho, se rindió a las últimas palabras del sonido. Comenzó a recordar cada momento de su vida, una vida que hubiera preferido no vivirla, pero como finalmente comprendió, fue inevitable.

Al cerrar los ojos, Ernesto se entregó.

Una fuerte luz y muchas manos rodearon su cuerpo pequeño y desnudo.

Con espanto se dio cuenta que rápidamente su mente comenzaba a olvidar todo lo vivido, que no podía articular palabra alguna y que sus movimientos se volvían

En su desesperación, sólo pudo comenzar a llorar y gritar mientras rápidas manos lo cubrían con suaves y limpias telas de hospital.

Órbita 84

25182196_393538207749604_3431103375990462667_oNunca había ido a un Topless.

Tenía 17 años y si bien, a esa tierna edad ya conocía algunas cosas de la vida, el espectáculo de la carne en vivo y en directo no había llegado aún a mis ojos… por lo menos hasta esa noche.

Recordar ese episodio, es recordar los primeros años de los 90’s, es volver la vista hacia las noches de una juventud que no sabía de responsabilidades ni deberes… era 1993.
Mis dos mejores amigos (que eran un poco mayores), al igual que yo, no conocían de la exhibición de menudencias en público, por lo que fueron mis dos escuderos en esta aventura de palurda adolescencia. Quedamos en juntarnos en la casa de uno de ellos, con la excusa de ir a una fiesta del liceo, lo cual era una coartada bastante plausible.

La preparación para aquella experiencia, estuvo llena de preguntas ridículas e inútiles, ¿Cómo uno se vestía para ir a un topless?, ¿formal, casual o sport?, ¿cómo se entraba a un local así?, ¿se pedía permiso?, etc. La lista de preguntas bobas era tan grande, que es imposible recordarlas ahora, desde la serenidad de la adultez.

Si algo sabíamos, era que para estas ocasiones, no se podía escatimar en gastos, por lo que al tomar la micro, no nos fuimos por monedas como de costumbre, sino que pagamos pasaje completo. ¡Se paga al plan por favor! , le grité al chofer de la 83, micro que sin duda fue la mejor opción que podíamos elegir (esas se iban por Pedro Montt y no por Errazuriz, lo cual si bien hacía un poco más largo el viaje, mejoraban la relación peso por kilómetro recorrido).

Nos bajamos en plaza Victoria, a eso de las 22:00 horas; era día viernes, y la avenida bullía de actividad nocturna. Cuando nos enfrentamos a las luces de la noche, caímos en la primera estupidez de la jornada, pues nadie sabía donde había un topless. Después de preguntar a medio mundo, una señora que atendía un kiosco se apiadó de nuestra segura cara de zopencos y nos dijo, que la movida estaba en Edwards con Independencia.

Llegamos a un horripilante lugar llamado Orbita 84. El solo nombre daba arcadas, pero teníamos que cumplir con la misión. La entrada costaba $1000.- con derecho a un combinado. Una vez dentro caímos en la segunda sorpresa de la noche.

El local era espantoso, la iluminación consistía en ampolletas incandescentes, – de esas que uno usaba en la pieza -. Debido a esto, estar en ese local, era como estar en el comedor de la casa, tomando onces comida y viendo video loco. Lo más importante de la escenografía eran unas pelotas de espejos roñosas y estáticas que colgaban del cielo. El escenario era un tema aparte, pues consistía en una ordinaria tarima hecha con cuartones de pino, los cuales perfectamente hubieran servido para construir una defensa para el desembarco en Normandía.

Ante este triste y poco prometedor espectáculo, con tono gracioso, se me ocurrió decir – bueno, ya estamos acá– e hicimos un salud con el peor combinado en la historia del universo conocido.

La tercera y última catástrofe de esa noche no tardó en llegar, pues en eso salió la primera artista de la jornada… se hacía llamar “La Amazona”. La Amazona era un travesti de por lo menos 140 kilos, que se movía de manera arrítmica al compás del tema Oxygene de Jean Michel Jarre. Ante nuestra incredulidad, la amazona comenzó a ser aplaudida por todos los parroquianos del local, entre los que había marinos, pescadores y estudiantes de una Universidad que queda al lado del estadio de Playa Ancha.

Todo hubiera sido una experiencia entretenida, sino hubiera sido porque “La Amazona” se fijó en mí y quiso que bailara con ella arriba de la tarima. No pude hacerlo.
Me tomé el combinado con Limarí al seco, y con mis amigos enfilamos hacia la salida del local. Salimos tan rápido que no nos fijamos y chocamos de frente con un abuelito octogenario que llegó atrasado el show llenándonos de injurias y chuchadas.

Para olvidar la experiencia, con mis fieles amigos, nos fuimos a deambular por el barrio puerto, buscando un carrito de comida nocturna, caminamos tanto que llegamos cerca de la plaza Echaurren, al lado de otro local….el Scandinavian, pero esa es otra historia.

Ojos Verdes

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Recuerdo tu pequeña cintura, apretada con mis inexpertas manos llenas de ansiedad. Fue durante el ocaso de aquel martes de diciembre de 1994.

Tus verdes ojos de dilatadas pupilas no daban crédito a la situación que vivíamos.

En aquel instante, el mundo alrededor nuestro no tenía sentido ni existencia, lo único real y palpable eran nuestros jóvenes cuerpos cada vez más juntos e inseparables.

El rocío marino que pasaba alrededor de mi cabeza, luego acariciaba tu rostro pálido y delgado, haciendo que entre ambos hubiera una especie de lámina de aire tibio, que de alguna extraña forma nos comunicaba sin necesidad de hilvanar palabra alguna.

Nos miramos fijamente y, durante esos breves segundos nos prometimos todo sin decirnos nada, nos entregamos en alma antes que en cuerpo, entregamos la vida y todo nuestro ser el uno hacia el otro.

Un beso eterno selló ese atardecer.

 

 

 

Todo tiempo pasado fue….¿mejor?

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¿Qué se podía hacer a los 10 años, en pleno 1986?.

Ser niño en el Chile de los 80’s, era como ser víctima de una mala broma. Los que crecimos en esa época, fuimos parte de una generación bisagra, que al igual que las que existen en las puertas, sirvió para dejar atrás la oscura década anterior, marcada a fuego por el golpe militar y al mismo tiempo ver desde lejos la esperanza que traían los años noventa y su falsa luz de modernidad.

Lamentablemente, la infancia de esa década, al igual que la bisagra, tuvo que vivir en una eterna ambigüedad de luz y sombra, de esperanza y desazón, de blancos y negros. Siempre lejos de la oscuridad de los 70’s, y siempre lejos del optimismo de los últimos dos lustros del siglo XX. Por eso Chile, en esos años era un país de un color plomo venenoso, un país gris.

Los domingos de esa época son el resumen de la oquedad vivida en ese tiempo. Por lo general, el día comenzaba yendo temprano a la misa matutina, esa sagrada institución católica donde semana a semana se podía ver, como los adultos pasaban con algo de culpa, la caña de la noche anterior y como, entre soliloquios y discursos internos se prometían así mismo que nunca más beberían. También, y con solo un poco de agudeza, era fácil identificar como las venganzas hacían una eterna y periódica prórroga en el saludo de la paz, ese mismo saludo que si el azar lo permitía, unía por un momento bajo el techo de la casa de Dios, a un perfecto padre de familia con la que, durante la semana era su amante.

Como después de recibir el cuerpo de cristo, uno siempre quedaba con hambre, venía la hora del almuerzo, que era sin duda lo mejor del día.

Terminada la merienda, casi siempre uno recordaba la gran tarea que no había hecho y que como de costumbre debía ser entregada al otro día, por lo que después de las correspondientes felicitaciones familiares, comenzaba una angustiante navegación en un mar de revistas y periódicos viejos, o bien, si no había otro remedio, el echarle mano a los Icaritos, esos que venían todos los miércoles con el diario la tercera.

Cuando ya caía la noche la cosa se ponía en cámara lenta. El ambiente a eso de las 20:30 era abrumador. Todas las casas del pasaje donde vivía, se preparaban con una cadencia espantosa, para tomar onces comida. Este rito, por lo general se desarrollaba en un comedor silencioso, el cual era alumbrado por débiles ampolletas de 40 watts, con el jefe de familia a la cabecera, y escuchando las lamentables noticias que entregaba la televisión a cargo de José María Navasal o Javier Miranda.

Luego de eso, y en la tranquilidad de la noche, uno comenzaba a pensar en lo que vendría temprano al otro día, ese horrible día que era el lunes, ese lunes que siempre, por lo menos aquel año tenía un protagonista siniestro y malévolo: El inspector Urbina.

El inspector Urbina, era la mezcla perfecta entre un agente de la CNI y un guarén. Para todos los que ese año, cursamos el cuarto básico, en el aspiracional colegio que compartimos, encontrarse con Urbina frente a frente en un recreo, era igual que encontrar y masticar un mojón de gato dentro de una empanada de pino en pleno 18 de Septiembre.
El aludido inspector, era por aquel entonces, el amante protegido de la directora de la institución, por lo que los constantes reclamos por maltrato de parte de alumnos y apoderados, eran olvidados, ignorados o diluidos muy a la usanza de los queridos años 80’s.

Urbina tenía en su maligna mente, un parque de diversiones lleno de pequeñas torturas y humillaciones, de las que mi curso fue su víctima favorita. Famosas eran las técnicas que utilizaba cuando dos compañeros de bancos conversaban entre sí en clases y eran sorprendidos. Para muestra tres botones:

a) La revienta zapallos: Consistía en tomar en cada mano, la cabeza de uno de los alumnos “castigados”, y juntarlas de manera rápida y violenta de manera lateral, con una aceleración tal, que eventualmente uno quedaba aweonao por eternos 30 segundos. Cuenta la leyenda que una vez, Urbina calculó mal, y tuvo que hacer la operación dos veces, teniendo que llevar a un compañero a la posta por un TEC cerrado.

b) La muele orejas: Esa sucedía generalmente en invierno. Este tierno correctivo constaba en colocar una mano abierta en cada oreja del afectado, para luego, con movimientos rápidos combinados en los ejes X e Y, arrugar lo más posible todos los cartílagos cercanos al lóbulo y asiento de la oreja. Cuando era efectuaba de manera correcta, ni siquiera una ola polar podía sacar la sensación de ardor y calor con que quedaba la víctima, en sus pobres pailas.

c) La puerta del metro: Esta era por lejos la peor, y quizás el único consuelo que había, era su rápida aplicación y el sonido, que incluso a veces lograba hacer reír al resto del curso. Se trataba de un golpe a mano cerrada en cada lado de la cabeza de manera simultánea y precisa. Cuando el golpe era bien hecho y en la posición adecuada, la presión ejercida dentro de los oídos dejaba un pequeño pito que podía durar de 3 a 10 minutos.

Aquel año fue estresante para muchos, pero esta vida a la larga siempre entrega justicia, aunque a veces los caminos elegidos son poco ortodoxos.

Una vez, en un temporal de lluvias, de esos que suelen quedar en la memoria más profunda, fuimos testigos de un milagro. La directora de la institución (sí, esa que se acostaba con el inspector), llegó de sorpresa a la oficina de éste. Al parecer una discusión de pareja, se extendió más allá de normal y decorosamente laboral y, en un arranque de ira, la mujer como poseída por Lucifer, comenzó a tirar todos los documentos de la oficina de Urbina, hacia el oscuro barro que el vendaval de agua, había formado en el patio.

Nosotros, alertados por los gritos de la trifulca, nos acercamos de manera silente y sigilosa, para poder ver lo que pasaba. Fue ahí cuando fuimos testigos de las vueltas que da esta vida. Entre la condensación acumulada en los fríos vidrios de aquel invierno crudo, vimos a Urbina en cuatro patas tratando de recoger sus documentos y de paso su orgullo, mientras la mujer fuerte del colegio lo injuriaba a chuchada limpia.

Los que fuimos espectadores de esa escena, pudimos sentir entonces un extraño sentimiento, algo que a esa tierna edad aún no conocíamos. Era la satisfacción de la revancha, esa que por nuestra poca edad y estatura no éramos capaces de obtener por nuestros propios medios.

Poco tiempo después nuestro querido inspector se fue, con lo cual el ambiente mejoró notablemente, y como, las personas pasan y las instituciones quedan, en un par de meses nadie recordaba a aquel oscuro personaje de 1986.

Hace algunos años, uno de mis ex compañeros me contó que había vuelto a ver a Urbina, el cual ahora manejaba un colectivo. Según él, físicamente seguía muy parecido, pues usaba el mismo peinado a la gomina hacia atrás, con ese bigote delgado tan común en los agentes de terror de hace 30 años. Mi compañero me contó con un poco de vergüenza, que no pudo aguantar las ganas de hacer sentir a este tipo por lo menos algo, de lo que él le hizo pasar cuando era niño, así cuando pudo alcanzarlo en un semáforo en rojo, le tocó la bocina los 45 segundos que duraba la luz.

Mi amigo me dijo que Urbina no entendía nada, que estaba desesperado, por lo que bajó de su colectivo a insultarlo. Cuando nuestro antiguo inspector llegó a la ventanilla de mi ex compañero, le reclamó que lo denunciaría, que no sabía con quien se estaba metiendo, que tendría que pagar los gastos médicos por el zumbido que ahora tenía en sus oídos. Fue ahí cuando mi amigo cerró su círculo, con ese ruido espantoso en los tímpanos de nuestro querido inspector Urbina, el mismo zumbido que quedaba cuando una puerta del metro se cerraba sobre tu cabeza.

El Especialista

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Yo amo Calama.

Pueden decir lo que quieran; que es una ciudad fea, chica, seca, llena de polvo, perros y putas, pero para mí, Calama es un lugar mágico en medio de la nada, donde pueden pasar las cosas más inesperadas.

Corría el 2004 y luego de mi voluntario éxodo desde la ciudad jardín, aquel lugar de la segunda región, fue la primera estación de mi incipiente periplo nortino. Pronto supe que aquella tierra de sol y cobre como se hace llamar, era cosa brava, pues a las conocidas características climáticas (intenso calor durante el día y helados vientos en la noche), se sumaba lo que rápidamente bauticé como el “beso calameño”, que no es otra cosa que las llagas con sangre que a uno le salen en los labios durante los primeros días de estancia en la localidad, las cuales son producidas por la intensa sequedad del aire, propia de los 2400 metros de altura a la que se encuentra la ciudad.

Después de trabajar como jornal en una empresa contratista para codelco, estuve un par de meses buscando un nuevo empleo. Fueron largas caminatas repartiendo “curriculum”, a lo largo del largo y seco barrio industrial que queda camino al pueblo de Chiu Chiu. Estas peregrinaciones diarias, fueron insertándome poco a poco en el rubro industrial de la zona, donde obviamente la actividad minera era la niña bonita de empleabilidad.

En estas jornadas de búsqueda de pega “a pata” en pleno desierto de Atacama, conocí gente de todo tipo y de todas partes de Chile. Por aquellos años había un “boom” de trabajo, debido en gran parte a que toda la gente que antiguamente vivía en Chuquicamata debía mudarse a Calama, pues el avance de la extracción de cobre arrasaría con todo, incluso con el antiguo campamento minero. Por este motivo se construyeron casas para cerca de 10 mil personas, tarea que necesitaba de una gran cantidad de mano de obra, y si era sureña y barata, mejor.

En una de las tantas “conversas” que entablé con la gente que encontraba en el camino, uno de estos tipos, “el choche” que era de Angol, me dio el dato de una posibilidad laboral totalmente ajena al rubro minero (lo cual me llamó poderosamente la atención). La oportunidad estaba en un pub del centro de la ciudad, en el cual estaban necesitando gente. Como yo no había tenido éxito por esos días en la búsqueda de empleo, me fui directo al local para probar suerte.

El lugar se llamaba “La Fogata”, y efectivamente estuvieron buscando gente, pero lamentablemente había llegado tarde y ya estaban completos los cupos disponibles. Como no tenía que más hacer ahí, luego de hablar con el encargado y cuando enfilaba hacia la salida del local, un tipo me llamó (era el dueño del local) y preguntó si quería trabajar de copero.

-Cuánto pagan-  pregunté.

4 lucas la noche y el fin de semana 5, sé que es poca plata –me dijo-, pero tampoco vai a hacer operaciones al cerebro, vai a lavar vasos. Como no tenía ni un peso en el bolsillo a esa altura del mes, acepté y desde ese momento me convertí en el flamante lava copas del mejor local de Calama.

Luego de dos meses y con la ayuda de los garzones del local que me enseñaron a hacer tragos, ya era el barman oficial del “Fogata”. A mi haber, tenía una carta de 45 preparaciones, las cuales manejaba de memoria y a la perfección, con el plus de no necesitar medidas para calcular la cantidad de ingredientes a utilizar en los brebajes. Este meteórico ascenso en el rubro de los copetes, llamó tanto la atención del dueño, que no se le ocurrió mejor idea que llamar a un amigo que trabajaba en un local de televisión local, para que fuera a registrar mis destrezas tras la barra y de paso hacer publicidad al local.

El canal de televisión en cuestión, era una señal local de VTR, que tenía un programa llamado “Los Especialistas”, el cual era un programa clase B, donde entrevistaban a tipos que realizaran oficios comunes y corrientes. Como el sol siempre brilla en la TV, estos registros audiovisuales dejaban la sensación de que, efectivamente cada uno de nosotros podía tener sus 15 minutos de fama, como lo hubiera pronosticado el finado Andy Warhol.

Luego de las negociaciones de rigor, las cuales incluían un aumento de 1 luca a mi remuneración diaria, el día de la entrevista llegó.

Al local un camarógrafo con equipos y luces, una maquilladora y una presentadora muy famosa en la ciudad. La entrevista se realizó un par de horas antes de la apertura del lugar, por lo cual sólo estaba el dueño, los garzones y garzonas, el cocinero y cajera, como los únicos espectadores de tan extraño acontecimiento.

Estaba nervioso, pues no todos los días uno tenía la posibilidad de comenzar una carrera como estrella de televisión. Preparé todo: coctelera, licores, limones de pica, frutas, accesorios y por su puesto la mejor pinta que hubiera podido tener para mis entonces 27 años.

La entrevista fluyó bien; hubo humor, anécdotas, aclaraciones técnicas del oficio y uno que otro guiño a gustos musicales. Todo iba bien hasta que, para cerrar el programa la entrevistadora me pidió si podía hacer acrobacias con alguna botella -como en la película cóctel- dijo. Como yo sólo sabía hacer tragos, no encontré nada mejor que darle una muestra de diplomacia Neandertal:

-Disculpa, yo hago tragos, no soy malabarista.-

La entrevista terminó con una cordial sonrisa.

A pesar del aparente desastre final, fui felicitado por todos los trabajadores del local, lo que demostraba que a esa altura de la tarde ya estaban todos medio borrachos. El programa se emitió de manera puntual una semana después, tal como dijo la entrevistadora. Ese día todo el personal del “Fogata” me acompañó para ver mi performance televisiva, la cual salió justo a las 21:30 horas en el segundo bloque del programa, luego de la entrevista a “Juana La Carnicera”, una mujer que trabajaba en el Supermercado Korlaet, y a la cual sus compañeros siempre le decían que era muy buena pa’ la carne.

Odio

Odio ser mediocre

Odio ser el culpable de la miseria en la que vivo

Odio ser la eterna promesa inconclusa

Odio la manera en la que el demiurgo juega conmigo

Odio a los bastardos con más mentiras que las mías

Odio estar siempre en la trinchera

Odio ver pasar a la buena suerte en el tranvía de al lado

Odio el aire que respiro en este lugar lejano de toda humanidad

Odio el olor a polvo putrefacto de la explotación de la tierra

Odio a los palitroques naranjas de la eficiencia hipócrita

Odio la pasmosa infalibilidad de la tercera persona

Odio la certera palabra de corrección no solicitada

Odio haber sido honesto cuando el mundo vomitaba falsedad

Odio haber sido fiel, cuando todo el vulgo se entregaba  a la mentira

Odio odiar de esta tan odiosa manera

Odio escribir tanto sobre tanto odio

Odio el odio con que me lees

Odio toda la oquedad de este pueblo del odio

Si alguna vez todo este odio acabara

Quizá recordaría lo que es la dulce sensación de vivir.